Por Paulina Solís Iturra
Hace unos días atrás, estuve en un lugar costero, rural, que no nombraré por razon de confidencialidad. Me llevaron ahí, los menesteres relacionados con mis preguntas de investigación. En este punto debo decir que la palabra investigación me produce rechazo, la palabra por sí misma me distancia de la realidad, aunque lo que se investigue sea la realidad. La investigación como tradicionalmente se ha desarrollado y la superioridad con la que se presentan algunos investigadores, ha provocado en mí, la distancia de la academia. Sin embargo, cuando comencé a caminar persiguiendo las respuestas a mis preguntas, inevitablemente, llegué a aquí, a estar dentro de este grupo: “ el grupo de los que investigan”, ahora ocupo muchas horas de mi vida investigando, no puedo negar la palabra y estar en el contexto académico es necesario para validar las respuestas a estas preguntas. Condición sine qua non. Y aquí estoy, caminando por la ruta de la investigación. Pero para generar ese acercamiento, algo que me inspire a escribir, me refiere a la investigación en mis bitácoras como “mi viaje con fines colectivos”.
Mientras caminaba por la costa de este territorio biocultural, justo por el lugar donde se juntan los mares, al amanecer, mientras caminaba con Bea – una estudiante de la Católica que conocí allí, y que también estaba en este lugar por sus propias preguntas de investigación, además de una relación larga con ese territorio biocultural – caí en cuenta, mientras hablábamos, sobre la importancia de un párrafo de un texto de Rozzi que había venido releyendo en el bus de ida hacia allá, una publicación que hizo hace algunos años para una revista de Bioética.
Y, para relacionarlo con mis reflexiones mientras profundizo en las dimensiones subjetivas de las mujeres con sabidurías y memorias ancestrales, escribí estas notas que dejo por acá:
La producción de nuevos significados
Lo interesante de esto, es lo ocurre mientras se habla, mientras ocurre – como diría Maturana– el acto de lenguajear. Cuando se escucha, con pausas, cuando el territorio también forma parte de esa conversación. Lo que sabemos que esa conversación es única, no se repite, porque el momento donde se produce esta conversación no va a volver estar, en tiempo y espacio, nunca más va estar el pilpilén volando en frente justo en el momento que hablamos acerca de las memorias del pueblo mapuche, o los primeros rayos de sol reflejándose en la arena, o las piedras brillando con la luz de la mañana. Esa mañana hubo algo importante: la colaboración en el desarollo de nuevos marcos de sentido.
Y así, la conversación pasa a colaborar en la construcción de un pensamiento, yo una mujer de 52 años y ella una mujer de 22 años. Hay muchos años de diferencia pero mirando adonde mismo, en ese mismo lugar: esperando que la cordillera apareciera detrás del mar.
Muchas veces hablamos con personas en conversaciones triviales, más profundas o en reuniones de trabajo, a veces no nos damos cuenta de dónde o de quien es la idea: Yo tengo la costumbre de decir: “Tal como tu dijiste”. Me lo he propuesto como una acto sutil de empoderamiento “del otro” y, sobre todo, de “la otra”, como una forma de reconocer la otredad. Como una acción contrahegemónica para dislocar el argumento de quien habla más fuerte o tiene más preparación en el lenguajear. Y también para recordarme a mí misma, que no solo se citan fuentes publicadas en revistas de renombre, sino también, se cita la conversación y que la construcción de mi pensamiento sin duda se desarrolla en el plano social en la convivencia y en ese lenguajear, y según mi experiencia, vivencia, y mi trayectoria de vida . Porque pasa mucho: algunos se apropian y no anuncian el origen de la idea, con el “fin de trascender con fama original”. Porque el ego, hace eso, empuja a mentir a esconder, y a silenciar voces que son sabias al margen de la edad, el género, la etnia y la oportunidad de educación que tuvo en su vida. Y eso sin duda, nos erige como una sociedad sin pensamiento propio, sin identidad, y, por lo mismo, vulnerable, por creamos imágenes superfluas, sin contenido con sentido propio.
En esta dirección me dirijo hacia corroborar que los nuevos significados se producen en la intersubjetividad, tal como ya lo han dicho Habermas, Vygotsky y el propio Maturana que habitó y aún habita su pensamiento en estos lados del territorio mundial. Somos seres que co-construyen con el simple con-vivir, ser y co-habitar.
Esa mañana, mientras caminábamos, algo cambiaba en cada una de nosotras. Quizás nos vimos reflejadas la una en la otra, tal como se vieron nuestras siluetas, paradas frente al mar, reflejadas en la arena con la luz del sol.
En la conversación, los nuevos significados no son explícitos, no son algo literal; sólo se internalizan si estás receptiva para elaborarlos y tienes los sentidos puestos en los símbolos del lenguaje, la mirada en el entorno y el contexto que ayuda a esta elaboración.
No podemos ser sin el otro, sin el legítimo otro – como diría Maturana. O sin el reconocimiento de la otredad. La producción de nuevos significados es un acto «en colectivo», en contexto, con los sentidos en «on» y reconociendo que la nueva ética es el reconocimiento de la interdependencia.
Vivimos en una época que celebra al individuo. Se persigue la autonomía, el éxito personal y el reconocimiento; se incentiva la competencia y la capacidad de «valerse por sí mismo». En esta sociedad de modelo neoliberal, incluso en las políticas públicas está inserta la idea de que, desde la infancia, se debe construir una identidad diferenciada y perseguir proyectos individuales. Sin embargo, mientras más se profundiza esta lógica individualista, más evidentes se vuelven las crisis que atraviesan nuestro tiempo: la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, las desigualdades sociales, la soledad, la polarización política y el deterioro de los bienes comunes.
Me ha tocado, dentro de mis búsquedas, conocer muchos rincones de este país, que, como sabemos, fue un laboratorio para la instalación de un modelo neoliberal. Sin embargo, hay muchos lugares donde lo colectivo y lo comunitario aún prevalecen. En este lugar asistí a una peña folkcórica organizada por la comunidad. No era algo turístico, como las fiestas costumbristas; era un encuentro donde había cuatro grupos folclóricos. Eso marcó un hito importante en este mirar y en cómo esa experiencia complementa mi propio viaje con fines colectivos.
Para llegar —yo viajaba con mi hijo mayor— usamos el bus local, que llevaba a mucha gente y dejaba a las personas prácticamente en la puerta de su casa. La conversación entre personas de distintos asientos fue algo muy distinto a lo que se vive en la ciudad, pues, cuando te subes a un bus urbano, la primera reacción suele ser protegerse, alejarse del otro. No hay intención de ayudar con el bolso, de preguntar cómo está alguien o de desearle que le vaya bien, porque en la ciudad la gente no se conoce; solo se cruza sin verse, sin mirarse. La ciudad parece construida para hacer crecer seres individuales. No hay cabida para lo colectivo; no hay posibilidad de compartir risas ni dolores. En este bus rural,sí, había una comunidad.
Esa peña había comenzado en el bus (en un sentido figurado) el bus que por un momento había quedado en panne. En ese instante, la gente buscaba una explicación y, entre risas, adjudicaba indirectamente que éramos los afuerinos quienes habíamos provocado esa situación. Lejos de sentirme ofendida, me reí, porque yo también habría pensado lo mismo. La energía de la ciudad siempre provoca irrupciones: traba, quiebra, desequilibra. Sin embargo, sé que solo era una broma sureña que buscaba una forma de entablar conversación. Y así fue: conversaciones y miradas que se extendieron hasta la noche del día siguiente en la peña, donde bailé, bebí vino navegado y reí con Bea y la amiga de Gaby.
En algunos rincones de este país aún se trabaja en colectivo, en comunidad.
Cuando abordamos las problemáticas contemporáneas de deterioro planetario, solo como económicos o ambientales, el análisis se vuelve insuficiente. Tal vez el problema sea, antes que todo, una determinada manera de comprender al ser humano y su interdependencia del mismo.
En la antiguedad, los griegos tenían una palabra para nombrar a quien vivía únicamente para sus propios intereses: idiōtēs. Rozzi re-utiliza la figura clásica del idiōtēs de, Aristóteles, para criticar el individualismo contemporáneo y abrir una reflexión sobre la interdependencia y el bien común, los hábitos, los hábitats y los co-habitantes. Seguiré profundizando esta idea, más adelante.
Valparaíso, julio del 2026



Deja un comentario