La responsabilidad compartida en la preservación de la memoria y los derechos humanos

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Por Paulina Solís Iturra

Esta reflexión surge a partir de las conversaciones sobre memoria, convivencia democrática y responsabilidad colectiva, particularmente desde la conversación Convivencia y dignidad humana con Elizabeth Lira en el podscat #ConDerechos. A partir de ese diálogo, mi reflexión se dirige hacia cómo las violaciones a los derechos humanos continúan manifestándose en formas cotidianas de exclusión, silenciamiento y deshumanización, a través de  la censura que se produce en muchas familias chilenas y ¿sobre cuál es nuestra responsabilidad en la continuidad de este olvido?

Como nieta de una abuela conservadora y familiar de personas exiliadas y presos políticos durante la dictadura, crecí habitando memorias desde la paradoja. Con el tiempo he comprendido que esa tensión no solo habla de diferencias ideológicas, sino también de una “cultura del silencio” cuidadosamente instalada en muchas familias chilenas. Ese silencio que se transmite como una forma de “protección” —“para no pelear”, “para mantener la paz familiar”—, y que termina por transformarse en una capa que cubre la memoria, dificulta nombrar el dolor y lentamente borra partes de la historia compartida.

Por otro lado, también me he enfrentado a ese silencio familiar como hija de un mapuche migrante que ocultó parte de su historia para evitar la discriminación. En ese sentido, el silencio no sólo opera sobre la memoria política, sino también sobre la identidad, la pertenencia y las experiencias de exclusión que atraviesan a muchas familias y también se despliegan consuetudinariamente como nuestra responsabilidad individual y colectiva de participar o no, en la construcción histórica de nuestra sociedad y cultura.

Ciertamente, concuerdo con la idea de que,  una de las primeras formas de censura ocurre precisamente en los espacios familiares. Allí, es donde aprendemos qué temas pueden hablarse y cuáles deben callarse; y cuáles de estas memorias o experiencias de vida son legítimas y cuáles son las que no deben nombrarse. Es ahí donde decidimos nuestra forma de narrar nuestra historia, cuáles son los relatos que permanecen y cuáles desaparecen. En ese sentido, la memoria no sólo es activo de los archivos, los museos, o las narrativas públicas, o  los discursos institucionales, sino es un constructo que nace en las mesas familiares, en los silencios heredados y en las formas cotidianas del convivir.

En este sentido, tal como plantea Iris Young, muchas injusticias son producidas y sostenidas dentro de marcos aparentemente normales de funcionamiento social, político y económico. Desde su perspectiva, las injusticias estructurales no dependen únicamente de acciones intencionales o de individuos claramente identificables, sino también de redes de interdependencia, omisiones y formas normalizadas de participación social que terminan reproduciendo desigualdades y vulnerabilidades, en este sentido, nos propone comprender la responsabilidad desde nuestra participación en estructuras sociales interconectadas. Desde esta perspectiva, esto implica reconocer que nuestras acciones, silencios, relatos, discursos y formas de convivencia tienen efectos sobre otros, incluso cuando no exista una intención directa de causar daño. Es así como la violencia no aparece de manera explícita; sino, que a veces,  se sostiene mediante hábitos, indiferencias  y formas de silenciamiento que naturalizan el daño y dificultan reconocer nuestra propia participación en esos procesos de construcción. Desde esta mirada, la responsabilidad no sólo es juzgar el hecho o el pasado, sino también asumir un compromiso con la transformación de aquellas condiciones y narrativas que continúan reproduciendo exclusión, miedo y deshumanización. 

Desde esta lectura reafirmo mi convicción de que comprender que no vivimos aislados, que nuestras vidas están entrelazadas y que la convivencia democrática no depende solo de las instituciones, es el primer paso para una sociedad más humana. Y la comprensión de aquello es:  una responsabilidad colectiva.

Referencias ocupadas para esta reflexión:

Sánchez Muñoz, C. (2013). Responsabilidades globales e injusticias estructurales. Una lectura de Iris Marion Young. Enrahonar. Quaderns de Filosofia, 51, 61–76.

INDH Chile. (2026, 14 de mayo). #ConDerechos – Cap. 4: Convivencia y dignidad humana, con Elizabeth Lira [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=XrpMarE_FKk

© Paulina Solís Iturra, 2026. Este texto se publica bajo licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0). Su propósito es aportar a la circulación abierta del conocimiento, al encuentro de perspectivas y a la reflexión colectiva sobre los temas aquí abordados. Puede ser compartido y citado con fines académicos, educativos y de divulgación, siempre que se reconozca adecuadamente la autoría y la fuente.

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Exploro las conexiones entre las experincias subjetivas, los hábitats y las nuevas formas posibles de habitar y comprender el planeta en Crisis.

A través de mis estudios y mi bitácora de campo, mi trabajo busca entrelazar los saberes locales y comunitarios con las visiones del futuro planetario, examinando cómo la intersección entre la dimensión humana y la dimensión «más que humana» puede transformar la manera en que comprendemos nuestro mundo, habitamos la crisis contemporánea y diseñamos los caminos que se abren por delante.